Hoy nos sentimos profundamente decepcionados. ¿Dónde ha quedado el respeto hacia los demás? ¿Dónde ha quedado la empatía y el ponerse en el lugar del otro? Hemos ido al cine, una tarde cualquiera a ver una peli cualquiera, y hemos tirado 13 euros a la basura.

No ha sido porque la sala no estuviera en condiciones, o porque las palomitas estuvieran saladas, ni siquiera porque el sonido estuviera muy alto o muy bajo. No, todo eso ha estado perfecto. Ha sido por los ingratos (por no insultarles en mayor grado, no sea que estemos faltándole al respeto a nadie con esto de la libertad de expresión en redes sociales) que se olvidan de que al cine se va a ver una película, no a retransmitirla en directo por Instagram.

La última vez que nos sucedió algo similar fue cuando fuimos a ver Asesinato en el Orient Express. Una panda de niñatos de colegio (a los que por supuesto dudamos que les interesara la temática o el género del largometraje), que se sentaron en un lateral y durante toda la película no cesaron de sacarse fotos con flash, cambiarse asientos saltando de fila en fila y de mostrarse insolentes con quienes les pedíamos orden y silencio.

De eso hace ya unos meses, pero lo pasamos tan mal que aún lo guardamos en nuestro recuerdo. Pero hoy ya es que ha sido alucinante. Dos personas, una sentada delante de nosotros, y otra al lado, que no han guardado el móvil ni un instante durante la hora y tres cuartos que dura Proyecto Rampage. Y no, no estaban resolviendo ninguna emergencia, ni estaban teniendo una conversación privada con nadie. Estaban cotilleando el Facebook, el Instagram y el Whastapp. Sin parar, continuamente, de un modo que resultaba enfermizo y obsesivo.

Les llamábamos la atención y al segundo siguiente volvían a sacar el móvil, pero esta vez medio escondido entre los pliegues del vaquero. ¿Te crees que somos tontos? ¿Te crees que ahora nos molesta menos? No, al contrario, nos molesta muchísimo más, porque, aunque ahora el brillo de la pantalla no nos dé en la cara, nos acaban de demostrar que nuestras palabras no son nada, que nuestra petición ha caído en saco roto y que no tenemos derecho a expresar nuestra incomodidad frente a un acto que no es correcto a ojos de nadie.

Podemos entender perfectamente que se consulte el móvil en una o dos ocasiones para mirar la hora, incluso que se responda a un whatsapp, pues nosotros también lo hemos hecho, incluso nos hemos visto en la obligación de contestar un mensaje o una llamada. Pero ahí termina lo políticamente correcto y comienza la absoluta falta de respeto y de civismo.

Antes, lo común era que no hubiera apenas cobertura en las salas de cine, pero todo eso ha cambiado mucho, ahora disponemos de la misma conectividad que en el exterior. Pero algunas personas olvidan precisamente eso, que no están en el salón de su casa, que no están solas y que su comportamiento molesto e incomoda a quienes han invertido su tiempo y su dinero en acudir a esa sesión.

Puede ser que quien esté sentado a tu derecha haya tenido un día espantoso, y haya decidido ir al cine a desconectar y pasar un buen rato. Puede ser que la pareja que tienes a tu izquierda haya ahorrado durante semanas para permitirse ir al cine y disfrutar del placer de compartir unas palomitas y un refresco. Puede ser que la familia que tienes detrás apenas coincidan en casa, y que hayan aprovechado un festivo para hacer algo juntos. Puede ser que ese grupo de amigos que tienes delante lleven mucho tiempo sin ir al cine, y han acudido a esa película con mucha ilusión. Y como estos, miles de ejemplos más, con los que seguro que alguno se siente identificado.

Incluso podemos entender que seas una persona que no pueda estar tranquilo viendo una película, que necesite hacer dos cosas a la vez. Perfecto, pues siéntate atrás, en un lateral, y disfruta de la trama con el brillo de tu pantalla al mínimo, por nosotros no hay inconveniente. Pero si acabas de subir la foto más molona del mundo a Instagram y te obsesionan los likes que vas a conseguir, no te sientes delante y en el centro, donde, sin darle muchas vueltas, puedes presuponer que vas a molestar a alguien.

Ah, y por supuesto, ten por seguro que el cabezal del asiento de delante no es el mejor sitio para poner tus pies, ni con zapatos ni sin ellos. ¿Te sientes guay porque llegas y te acuestas como si estuvieras en tu casa? Pues no, es poco higiénico, pues dentro de dos horas otra persona pondrá ahí la cabeza. ¿Qué tal si piensas que donde te has sentado tú, hay alguien que ha puesto sus botas llenas de tierra en la sesión anterior, o sus calcetines sudados de todo el día? Hay un 50% de posibilidades de que no te laves la cabeza al llegar a casa, así que con todo ese mondongo te vas a acostar en tu cama, en tu almohada. Qué rico, ¿verdad?

Hoy sencillamente se nos ha llenado el vaso, y el cometido de este artículo no es otro que pedirle a todos los que sean testigos de este comportamiento que les llaméis la atención, todas las veces que haga falta. La magia del cine es algo estupendo, y se está perdiendo el disfrute en las salas por culpa de esta “gente”. Ya no sabemos qué nos vamos a encontrar en la próxima película, ni sabemos qué sesión elegir para evitar estas historias. El cine es una de nuestras grandes aficiones, y cada vez nos empujan más a quedarnos en casa.

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